Sentarse frente a una computadora a escribir, en la soledad de la
noche, es algo tan especial, tan único, que no me ocurría hace tiempo. Y lo
celebro. Me lleva a otros mundos, propios y ajenos, reales, paralelos,
imaginados, reales o ficticios. Pero, siempre otros mundos, siempre distintos,
únicos.
Han pasado muchos años, y aquí estoy de nuevo… Intentando jugar con
las palabras, con pucho y café en mano. Música de fondo, mis alegrías y
tristezas, todas juntas. Las trompadas y alguna caricia oportuna. Luchando con
mis amores y desengaños, mis recuerdos y aquellas fotos que no quiero volver a
ver, nunca, nunca, jamás. Pero han dejado cicatrices. Me han hecho distinta,
más fuerte, quizá más solitaria. Todo, todo, paseándose abrumadoramente por el
teclado. Todo junto, todo mezclado, luchando por transformarse en historia,
poema, cuanto o novela de final abierto y eterna, inconclusa. Empujándome a un
abismo.
Allá afuera, lejos de estas paredes y del teclado, los días transcurren, gira la rueda, la gente
pasa a mi lado, hablando, generalmente, otro idioma. Me agobia la violencia, de
discurso tenebroso, de envidia y competencia, y de histeria, que destierro de
mi mundo, y me deja sola muchas veces. Alguien, ocasionalmente, desde la
lejanía, me susurra, alguna certeza. Una sutileza, que despabila el alma. Más
luego la acalla. Es cíclico.
En el teclado aparecen mis pasiones, se desperezan, y tornan a musa
despabilada, a necesidad lujuriosa de contar historias prohibidas, o
simplemente, para contarme a mi misma que es lo que pienso y siento. Momento
mágico, abrumadoramente solitario, allí me pueblo de espejos luminosos y
caritativos…
El teclado entonces, cobre vida propia, se me escapan las palabras de
las manos, imágenes que vienen y se posan en la página en blanco, juegan con
las letras, los espacios y las comas. Aparecen las historias, y en ellas no
estoy sola. Momento mágico.
Alguien entiende, un personaje, ficticio o real, cobra vida. Tiene
presencia en este espacio, y en esta casa, la almohada no parece estar tan deshabitada,
y la casa deja de ser un refugio. Los muros comienzan a caer lentamente, con el
cuidado propio del que ha sido herido asiduamente, los laberintos se disipan,
con la sutileza de la inteligencia…
En esos instantes, en esa
página en blanco, el mundo no resulta tan difícil de comprender, o comienza a
ser más sencillo de tolerar, es valedero durar. Surgen nuevas formas, se acercan
personas, palabras ya olvidadas, silencios perdidos, y la bruma de la intención
comienza a poseerme nuevamente…
Ser raro, ser distinto, patito feo de pequeña; despierta, en ocasiones,
lo peor de los otros. “A lo distinto hay que combatirlo”: piensa el ignorante.
Y se me aparecen los otros luchando contra lo desconocido, por no entenderlo, y
ese desconocido soy yo. Esto se transforma en lo habitual, y ese miedo ajeno,
me espanta. Y, como reflejo propio del
estanque, o del espejo, depende donde esté situada ese día, esa hora, en ese
momento, espanto a los otros. A veces por decisión propia, y a veces, por
estigma. El estigma del patito feo. Aunque a muchos les moleste esta frase, o
esta idea. Yo he aprendido a convivir con ella. Y a mí, no me espanta.
Sé que hay otros patitos feos, pero no sé en qué país, en que ciudad,
en que calle o laberinto, a qué hora y en qué instante aparecerán. El estigma
es poderoso, y mis pasiones también. Ellas se llevan bien conmigo, a mí no me
asustan, y se llevan mucho mejor, con mis páginas en blanco, con mis manos en
el teclado inventando personajes. Soportan la intensidad de lo que siento y
pienso. Mis espejos también las toleran, pueden con mis imágenes cotidianas,
con un desayuno solitario, bailando un furioso flamenco, o simplemente descalza,
despojada, con alguna lágrima viva, desnuda y quieta frente a ellos.
Ellos pueden conmigo.
Es sólo en ocasiones, que no me alcanza.
CAROLINA FRANCO.- BS. AS. EN ALGÚN MES DEL 2008 Y EN ENERO 2011.
hermoso, profundo,conmovedor
ResponderEliminarGracias Billy!!.
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