Los mató la ausencia, el destiempo, años de penumbra vidas
en paralelos lejanos y contantes, dolorosos. Y el miedo.
Sólo han quedado en sus manos pequeños gestos de otros
tiempos, de encuentros secretos, robados a la historia, instantes de felicidad
efímeros, pero que los han marcado para siempre. Y sólo han dejado una estela
de nostalgia y la más angustiosa de las incertidumbres de lo posible, de la
duda eterna. Que se ha tornado tan ilógica y cruel, tan injusta como
determinante.
Arrastrando sus penas, sus dolores escondidos y
sospechados, se han vuelto a ver después de tanto. Y había sido mucho.
Cuando todos se han marchado, sus recuerdos vuelven a
levantarse, los despiertan y los revuelcan en un laberinto de infortunio y
lujuria, de sensaciones encontradas y contradicciones.
Con el quiero en
una mano y en la otra las inseguridades y los miedos que lo tornan todo un
imposible. Los prejuicios y las armas en la cartera.
Ella sueña, baila sola, labios truncos, ineficaces.
Piel y llagas, lágrimas de cristal. Vidrios rotos de un espejo memorioso. Le
han quedado incrustados en un ala, que aunque mancillada, le ha permitido volar;
aunque en búsqueda trunca, hacia un cielo de penumbras.
Él se muestra, sólo un poco, no es feliz, pero no importa, hace lo que debe y lo hace bien. Pero solo. Esa sensación es compartida. Conocida y torturante, para ambos. Triunfadores de hojalata. Los recuerdos lo despiertan, la piel llama. Y una noche, de verano trasnochado, un teléfono se descubre poblado de palabras. La ternura y el deseo, el mismo de siempre, el asombroso y acostumbrado, aquel de tantos años; van de la mano por el mismo camino, y el mañana ya no es tarde. Tiene nombre y apellido.
Danza lujuriosa de palabras, el deseo se despabila, la
despierta del letargo. La piel, llama. Sin creerlo, el hado les devuelve, las
fotos viejas del pasado. Y el todo, y la nada se transforman en posibles.
Tantas idas, tantas vueltas; y siempre el mismo
desencuentro. El miedo, generalmente traicionero, les retrasa, les esconde
siempre, la caricia añorada.
¿Será cierto? Han pasado tantos años... Él que siempre
se asusta, y ella que abruma sin saberlo. No han podido, nunca fueron realidad,
sólo sueños, o sospechas compartidas. Hubo instantes de certezas. Pero tantos años,
la piel llama.
Y un deseo, un espejo, el mismo de
siempre acostumbrado, no se asusta, sólo mira satisfecho. Ovillo blanco y
negro, dulcemente enmarañados. La lujuria, la música y sus figuras, delfines en
mitad del salto. Surcos perfectamente diseñados. Arco y flecha que se plasman
en la almohada, las sábanas cómplices, se mueven al compás de las siluetas, el
espejo mira con envidia. Pero acostumbrado. Quieto, mudo y fiel ante las noches
de lujurias y embelezo.
Pero una tarde, de no sé que día, como
suele sucederles, el se asusta y ella acata. O respeta, y se escapa. Se levanta
en la mañana, mientras duerme, lo cubre con la sábana, lo besa, se mira al
espejo, toma su cartera, se pinta, se pone sus tacos de paso atrevido, y lo
besa…Sabe que es la última vez: le susurra un te quiero cauteloso, y se marcha.
Afuera el destiempo le dirá hacia dónde dirigirse.
Más tarde, demasiado, él se despierta,
no la encuentra, sólo en la habitación hay un espejo, y está llorando…
Sólo quedan recuerdos, para ambos, las
imágenes de siempre, el deseo y el amor intactos. Pasarán los años, volverá a
gestarse algún encuentro. En aquella habitación, danzarán turbulentos cuerpos
flacos, así ha sido toda la vida. En ocasiones, les resulta escaso, en otras
demasiado. Y así, pasan los años.
El miedo y los prejuicios, los llevan clavados en el
alma eternamente. A ella se le escapan en ciertas noches, cuando baila sola,
por la cartera, y los guarda nuevamente, y saca sus armas. Y, él los ve todas
las mañanas, al despertar, en el espejo, el de siempre, el memorioso. Que
dicen, está rajado.
CAROLINA
FRANCO. – BS. AS. 11 MARZO 2010
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