-¿Hay alguien allí?- preguntó, en el silencio de la noche.
-¡Por favor, vengan a buscarme!- gritó,
después de mucho tiempo. Era tarde…
Tenía frío, prendió el único botón que
le quedaba a su saco; se encasquetó el gorrito, y anudó su bufanda con un aire
de abrazo, de cierto cariño hacia sí misma. Buscó el último rayito de sol que
iluminaba la vereda y allí se acomodó. Lloró un rato, entonces pero sólo porque
le gustaba.
El intenso frío de la madrugada la
despertó, intentó acomodarse nuevamente, para seguir olvidando, pero no pudo.
Al ovillarse, al acercar su bolsito a su mejilla se pinchaba. Lo golpeó varias
veces, para acolchonarlo un poco más, y se volvía a lastimar. No tuvo más
remedio que despertarse. El bolso no tenía nada, pero al acariciar su cara,
sintió otra vez los pinchazos. Desató el cordón del bolso, revolvió un poco y
sacó un espejito. Con paciencia, cuidado y, mucho tiempo por delante; comenzó a
sacar una a una las lágrimas, que presas del frío, y sin destino alguno, habían
ido cristalizándose, en su rostro.
Cada una le traía el recuerdo de un
llanto lejano, de otros tiempos.
Una noche de fiesta y baile, alguna
tarde de pérdida impuesta de un ser querido, el adiós eterno de un amor que
pudo ser y ha huido. Y alguna melodía que otrora sabía susurrar al caminar.
Sus mejillas quedaron liberadas de las
lágrimas, acarició sus arrugas, y mirándose al espejo, se preguntó: - ¿Qué hago
para quitarme las del alma?
CAROLINA FRANCO
BS. AS. JULIO 1998.- NOVIEMBRE 2009
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